martes, 27 de enero de 2009

BARBARIE CAPITALISTA…


En los tiempos que corren, es inevitable echar una mirada a 1929 buscando coincidencias con el mayor golpe auto infligido por el capitalismo desde su nacimiento como modo de producción dominante. La crisis mundial que afecta al sistema en la actualidad no puede compararse con los coletazos sufridos en 1987 con el derrumbe bursátil ni con el estallido de la burbuja tecnológica en 2001, que fueron subsanadas con oportunos parches, siempre a costa de las naciones recolonizadas. Sí puede asegurarse que constituyeron alertas a lo que se vendría en el futuro, como también lo fueron los coletazos sufridos a fines de la década del ‘90 en el sudeste asiático y que luego se extendió a Rusia, México y Argentina, entre otros países. Y el futuro llegó… hace rato.

Es patético ver el esfuerzo con que los popes del capital intentan explicar lo inexplicable tratando de ocultar sus rostros de preocupación ante la bomba que les estalló en sus propias manos. Otros, con los pies un poco más sobre la tierra analizan la magnitud del alcance de esta crisis, declarando que es una incógnita el resultado de la misma, pero aún así siguen aplicando idénticas recetas a la hora de analizar las características esenciales de la crisis actual. De lo que todos evitan hablar es del contexto en el que se desarrolla la crisis. Muy diferente al mundo que teníamos en los años ‘30.

Con la brutalidad y desesperación características de sus orígenes y actualidad, respectivamente, el capitalismo decidió enviarle la jubilación anticipada a Milton Friedman, al tiempo que sacaba del formol a Keynes, apelando a una extraordinaria inyección de liquidez destinada a salvar al sistema financiero. Pero la interdependencia que existe actualmente entre los capitales internacionales, la relación estrecha entre la banca yanqui y la europea y la existencia de una moneda “franca” a nivel mundial como el dólar, hacen que estas medidas sólo sean manotazos de ahogado. Por otra parte, esta no es sólo una crisis financiera como nos quieren convencer los servidores del Imperio, intentando así ablandar sus posibles efectos. Es una crisis financiera, pero originada en una crisis económica estructural mucho más profunda que se inicia en el corazón del capitalismo: la actividad industrial. ¿Cómo se explica esta relación? Nadie mejor que Marx para hacerlo.

Uno de los análisis más brillantes del autor de El Capital en relación a las futuras contradicciones del capitalismo es el que conocemos como la “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”. Allí, Marx prevé que la necesidad de incrementar la tecnificación por parte de las grandes empresas para poder así competir con el resto hace que produzcan más, pero también gasten más (debido al aumento del capital constante). Inicialmente, estas empresas incrementan sus ganancias, pero llega un momento en que la producción supera en mucho al consumo y la ganancia comienza a disminuir. De esta manera, la magnitud del robo a los trabajadores como producto de la plusvalía obtenida tiende a decrecer. Aquí se generan las llamadas crisis de sobreproducción.

Ahora bien, las empresas, en el marco de una economía capitalista de libre mercado, no están dispuestas a ceder ni un ápice de sus ganancias ¿Cómo lo logran? “Invirtiendo” en la especulación. Gran parte de los ingresos obtenidos son volcados al mercado bursátil o inmobiliario, es decir, capital improductivo. Luego de la crisis del petróleo, en la década del ’70, la banca internacional resolvió el problema que le ocasionaría la generación de dinero “ficticio” destinado a cubrir las necesidades de los especuladores con una ecuación bastante simple: inyectar en forma de créditos a los países recolonizados el dinero ingresado, generando así una monumental y usuraria deuda externa que le permitía, saqueo mediante, obtener cifras mucho mayores a las derivadas a estas naciones. Pero cuando éstas comenzaron a disminuir su capacidad de pago, al tiempo que la generación de dinero vertido a los especuladores aumentaba, la bomba estalló.

De este modo, una crisis de sobreproducción con algunos puntos en común con la debacle de 1929, como por ejemplo su mayor incidencia en la industria automotriz y de la construcción, se transforma en un derrumbe financiero a escala mundial que no presenta precedentes en la historia del capitalismo. Esto ocurre, entre otras cosas, por la prolongada recesión que afecta a los países imperialistas (que es de larga data, aunque se ha profundizado en los últimos meses) y una caída en las acciones de las grandes empresas que parece no tener límite en el tiempo. Ante esta situación, un alarmado analista del diario “Ámbito financiero” se preguntaba: “¿y ahora qué van a hacer con los setecientos mil millones de dólares del salvataje?”. En el barrio, tenemos una respuesta más que contundente a esa pregunta…

Algunas cifras bastan para entender la insignificancia del rescate de Bush conocido como “Plan Paulson”: entre agosto del 2007 y marzo del 2008, el dinero volcado desde los bancos centrales hacia las cuentas de los especuladores, aumentó de seiscientos mil millones a dos billones de dólares. Al comienzo de esta crisis, este último número sería ya entre dos y dos veces y media superior. Por lo cual, el “gran salvataje” no alcanza siquiera a rascar los tobillos del problema. El propio Secretario del Tesoro del gobierno de Bush declaró sin tapujos: “…si este plan no funciona, el cielo nos asista.”


¿Y POR CASA?

Basta caminar la calle para darse cuenta de los efectos de esta crisis en Argentina. Los despidos, suspensiones y otras formas encubiertas de ataque a los/as trabajadores/as como la reducción de horas extra, son moneda corriente. Mientras, los dirigentes sindicales acuden solícitos al llamado desesperado del gobierno y las patronales, cuando dicen que no es el momento de pedir mejoras salariales… “porque estamos en crisis”, leales a su lógica de salvar el sistema a costa del laburante. Así, las consignas del la CTA y la CGT de Moyano se limitan a la táctica defensiva de pedir que cesen los despidos, justamente en la instancia en que el conjunto de la clase trabajadora debe ir a la ofensiva para derrumbar este sistema perverso que, de prolongarse, sólo traerá más miseria.

Al mismo tiempo, Cristina aporta su granito de arena a los grandes usureros, sacando dólares de las reservas para derivarlo al “Club de París” y a la banca internacional con el “City Bank a la cabeza.

Sabemos, por experiencia, que la solución no vendrá del gobierno ni de las burocracias sindicales. Necesitamos pasar por encima de los dirigentes de las centrales sindicales, organizando un congreso de delegados de base que discuta seriamente las únicas medidas que pueden revertir la lenta agonía a la que intentan someternos como trabajadores/as.

Lo que está en discusión no es el conjunto de medidas defensivas que nos proponen los cabezones con la venia de la patronal, sino un plan que contemple, entre otras medidas: nacionalización de la banca con control obrero, expropiación de las empresas que produzcan cualquier ataque a sus trabajadores/as, reparto de las horas de trabajo con reducción horaria sin disminución del salario para que todos tengamos pleno empleo, un plan de obras públicas que de trabajo efectivo a millones de desocupados y ponga en funcionamiento al resto de los sectores productivos, el apoyo a los pequeños productores mediante créditos blandos y la expropiación de los latifundios repartiendo cientos de miles de hectáreas hoy improductivos a los peones rurales y campesinos sin tierra y finalmente, el aumento salarial que permita a cualquier trabajador/a cubrir el costo de la canasta familiar.

A nivel subcontinental, no hay salida más urgente que el inmediato cese del pago de la fraudulenta deuda externa de los países latinoamericanos, uniéndonos en esta consigna; derivando ese dinero a la resolución de los problemas urgentes en materia de salud y educación y en una planificación que contemple un desarrollo industrial y científico independiente de los grandes monopolios internacionales.

Hoy, más que nunca, no existen términos medios: el proceso de autodestrucción de la sociedad capitalista debe ser frenado antes que sea tarde. Iniciar el camino al socialismo es la única manera.


Ezio Agretti
ezetaio@hotmail.com
Prof. de Geografía y Lengua y Literatura
Delegado de la Escuela Normal nº 32, Nivel Medio, Santa Fe