sábado, 20 de septiembre de 2008

La reforma de la reforma

¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?. La Reforma de la Reforma.
La década de los ’90 marcó en nuestro país el avance indiscutible del programa que los organismos internacionales planteaban (y plantean) para los países latinoamericanos.
En el centro de este programa se encontraba el achicamiento del Estado; con las consecuentes políticas de privatizaciones que arrasaron no sólo con el patrimonio nacional sino con el empleo de miles de trabajadores y trabajadoras; el reordenamiento fiscal, para encauzar la recaudación hacia los pagos de intereses de la deuda externa, y la desregulación, para facilitar el ingreso al capital transnacional, que significó el desmantelamiento del escaso aparato productivo del país.
La educación no sólo no estuvo ajena a este intenso programa de reformas, sino que constituyó un área central de desmantelamiento y resignificación. Así, desde la sanción de la Ley Federal hasta hoy, se produjo una impresionante cantidad de legislación, documentación y materiales escritos (bajo la forma de decretos, resoluciones, recomendaciones, acuerdos federales, cuadernillos, orientaciones pedagógicas, etc.) cuya característica principal es la regulación minuciosa de nuestro trabajo como docentes, lo que implicó, como ya afirmaba Pablo Gentili (1997) un proceso de centralización pedagógica y de descentralización financiera.
Simultáneamente, se descentralizaron las responsabilidades, y los diagnósticos y caracterizaciones de la “crisis educativa”, apuntaron a culpabilizar al docente. En este marco surgen expresiones tales como “la necesidad de un docente comprometido con las transformaciones”, “capaz de tomar decisiones fundamentadas”, “que pueda reflexionar críticamente sobre su tarea”, “con capacidad de gestión”, y otros tantos enunciados que daban cuenta de una nueva retórica cuyo objetivo fue despolitizar el hecho educativo y proponer una visión empresarial y mercantilizada de la enseñanza y la escuela .
Para destituir el carácter social de la educación y de nuestro trabajo como educadores, la reforma educativa se valió de un armamento sutil, pero preciso, de cuya elaboración no estuvieron ajenos la mayoría de los intelectuales ligados al área educativa que en otros tiempos fueron adalides de pedagogías críticas, libertarias, o simplemente interpeladoras de la función social que adquiere la educación en las sociedades capitalistas .
El lenguaje que instaló la reforma tuvo una encomiable labor: producir un nuevo horizonte de inteligibilidad de nuestro trabajo y de sus objetivos. Tal como dice Tadeuz da Silva (1997, 147): “Ningún proceso de hegemonía política puede prescindir de una transformación radical de los significados, las categorías, los conceptos y discursos a través de los cuales la “realidad” adquiere sentido y puede ser nombrada. La transformación del campo semántico no sólo es una condición para el establecimiento de esa hegemonía, sino que es parte integrante de la misma”.
El lenguaje no es solo una expresión de lo social, sino también un aspecto del mecanismo mediante el cual se produce y reproduce el mundo y a través del cual se construyen pero también se consolidan las relaciones sociales . Bourdieu (2001, 67) señala a este respecto que: “las propiedades del discurso son inseparables de quien las formula, de su posición, de su status, de su poder, así como las propiedades de la institución que autoriza a pronunciar el discurso”. La eficacia del lenguaje, entonces, reside en la aceptación de la legitimidad institucional y de su fuerza en la creencia que, en la mayoría de las veces, deviene del desconocimiento de la magia con que operan las palabras. Los actos del lenguaje no pueden ser concebidos ni analizados exclusivamente desde un abordaje lingüístico, sino que se inscriben siempre en una situación social que le otorga sentido.
En tal sentido, la reconversión de los docentes, significó la sustitución de nuestra identidad como trabajadores para proponernos una nueva etiqueta identitaria: la del profesional reflexivo, capaz de tomar decisiones informadas. El mejoramiento de la calidad de los aprendizajes de los niños, depende, en el discurso de la reforma, de un docente comprometido. ¿de qué naturaleza es este compromiso, al que fuimos interpelados colectivamente? El compromiso es, en criollo, a no poner palos en la rueda en la puesta en marcha de la reforma, es decir, colaborar activamente en la transformación. Los que, organizadamente o no, no adhirieron a la “propuesta” fueron rápidamente calificados como pesimistas, perezosos, negadores de los nuevos tiempos globalizados, facilistas, o en términos de la academia, incapaces de admitir el final del proyecto de la Modernidad.
La formación devino en capacitación , entendida como la necesidad permanente que tienen los docentes ya no se continuar formándose, sino de relegitimar en forma incesante su grado de expertez técnica. Se trata de instalar la idea de reciclaje, y de la primacía de la información por sobre la discusión de sus usos.
La noción de capacitación está montada sobre otro concepto clave: la autonomía. Toda la reforma educativa apela a la gloriosa autonomía del docente, de la institución, de la gestión. La autonomía enmascara los crecientes grados de desresponsabilización del Estado y la emergencia de una lógica en la que la toma de decisiones parece ser una opción individual, racional, profesional. La proliferación de proyectos de toda laya constituyeron la marca indeleble del profesional autónomo.
Más que nunca funcionó la promesa que reza que la educación (en todos sus formatos: formal, no formal, cursos cortos, especializaciones, tecnicaturas) provee al ascenso social. Pero lo queda de esta promesa es claro: la educación no genera empleo. Aunque sí podemos afirmar que los argumentos pedagógicos sirvieron para generar una nueva camada de jóvenes resocializados en una lógica que no pusiera en peligro la crudeza de las nuevas reglas del mercado: hay que trabajar mucho tiempo gratis, o casi gratis, antes de conseguir un empleo, con obra social, seguro de vida y vacaciones. Los formatos son variados. Puede que hablemos de pasantías, de sistemas de alternancia o de becas. Lo concreto, y más allá de la promesa de adquirir competencias en contextos laborales reales, es que los jóvenes tienen claro que la sociedad actual, tal como dice Jesús Martín Barbero, no es portadora de ninguna certeza para su futuro.
Estudiantes y profesores, maestros y padres, llegamos a esta instancia con algunas lecciones aprendidas. La educación es un gesto político de vital importancia a la hora de pensar en el mañana, que para muchos, ya es hoy. La pregunta moderna (y por lo tanto, muy en desuso para algunos) acerca de la vereda en que se alinean dirigentes sindicales, prestigiosos intelectuales, el propio gobierno y los trabajadores sigue vigente.
Y ahora... ¿qué?
Frente a los fracasos estrepitosos (como los del Polimodal) y los no tanto (como los de la EGB o el postgrado) el gobierno y las conducciones sindicales abren la puerta a una reforma de la reforma . Y aunque muchos depositen esperanzas en esta nueva ola (la era K...?) lo cierto es que debemos estar prevenidos para una profundización de los ejes más sustanciales de la reforma aunque estos se disfracen de pequeñas concesiones.
Un ejemplo muy claro lo constituye la Ctera. Hace tiempo abandonó definitivamente la consigna de la defensa de la educación estatal, proponiendo la defensa, a secas, de la educación pública. Este deslizamiento, que parece menor, oculta la nueva realidad en las que están inmersas las instituciones educativas. En efecto, las escuelas no se distinguen, como en las décadas pasadas, por su condición de públicas o privadas, sino por el carácter de su gestión: privada o estatal. ¿Por qué esta nueva nominación? Porque, como lo afirman numerosas recomendaciones internacionales, lo público debe ser concebido como aquello que responde a los intereses colectivos, y no necesariamente debe homologarse a estatal. Desde esta lógica, la creación o el sostenimiento de una escuela privada responde a intereses colectivos, (la sociedad civil) por lo tanto, es pública, porque desde su interés lo es. Entonces, la consigna defensa de la escuela pública, es peligrosa, sino queda bien claro que es de la escuela pública, estatal, laica y gratuita.
Otro punto lo constituye la cuestión acerca del papel del Estado en el sostenimiento de la educación: la principalidad, declarada en la Ley federal, no hace a la obligatoriedad, máxime, en un país, donde el 56 % de la población, según la propia estadística del gobierno, es pobre. Concomitantemente con la descentralización financiera, la legislación vigente aprobó, para el nivel superior universitario, la posibilidad de generar ingresos por medio de “fuentes alternativas de financiamiento”. Lo que en la vida concreta de las instituciones se materializó en la mercantilización del producido intelectual de las mismas, y la puerta de acceso a la privatización de la educación superior (vía arancelamiento, restricción del ingreso, cobro por todos y cada uno de los servicios, desde el otorgamiento de un certificado de regularidad, hasta cuadernillos para el ingreso, prestación a terceros, etc.). ¿Se extenderán éstas u otras modalidades “creativas” para los otros niveles del sistema? La sospecha no es falta de optimismo o síntoma de estar a la defensiva. Es un ejercicio de salud social.
Resulta imperativo que el conjunto de las y los docentes nos metamos a discutir estos y muchos otros puntos. Discusión que debemos llevar adelante sin la ingenuidad que nos atribuyen quienes deciden y quienes convalidan nuestros destinos, pero con la convicción que nos da la historia (disciplina olvidada, por cierto) de saber que una transformación a favor de quienes producen la riqueza, es posible.
Prof. Amine Habichayn
Prof. en Cs. De la Educación.
Delegada Suplente ISP Nº 5929
Rosario-Santa Fe

Bibliografía consultada
BOURDIEU, Pierre (1997): Razones prácticas. Anagrama. Barcelona.
BOURDIEU, Pierre (2001): ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos. Akal, Madrid, 3º edición
CEPAL: Equidad, desarrollo y ciudadanía, Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2000 (versión en Internet).
DA SILVA, T.: El proyecto educativo de la Nueva Derecha y la retórica de la Calidad Total en GENTILI, Pablo (Comp.): Cultura, política y currículo, Losada, Buenos Aires., 1997
GENTILI, P.: El consenso de Washington y la crisis de la educación en América Latina. Rev. Archipiélago/29, 1997.
VAN DIJK, Teun (2001). El discurso como interacción social. Editorial Gedisa, Barcelona
VASILACHIS DE GIALDINO, Irene (1999), : Las acciones de privación de identidad en la representación social de los pobres. Un análisis sociológico y lingüístico. Revista Iberoamericana de Discurso y Sociedad, Editorial Gedisa, España, Volumen I, Nro 1.